
La gente no se conforma con ser parte de la gente, sino que gusta de sentirse especial, única, individual. Aquello de el malestar en la cultura del que hablaba Freud: tiene la necesidad inconsciente de actuar conforme a los inconmensurables designios de la propia gente, pero al mismo tiempo rechaza sentirse parte de una masa.
En eso, la gente se diferencia del servilismo funcionalista de, por ejemplo, las hormigas. Pero dicho fenómeno tiene un fundamento biológico: las hormigas son alegres cómplices de su anonimato y su sumisión a su estructura social, porque ésta es claramente vertical, al depender la reproducción de una única hormiga reina. Por ello, las hormigas pasan las unas de las otras, incluso pasan de sí mismas. Las define el conjunto, no el indivíduo. La gente en cambio se reproduce en un de tú a tú democrático, lo que la obliga a comportarse de manera similar a otras variantes de la reproducción sexual: a veces la gente es como los pavos reales, a veces como los leones, en ocasiones como las águilas. Esa necesidad de la gente de que cada uno de sus componentes sean individualmente una "hormiga reina" tiene una problemática de la que carecen nuetras amigas las hormigas.

Pero tambien tiene sus ventajas. La reproducción sexual trae consigo ese maravilloso fenómeno del cosmos que es el amor, un imperativo natural que nos obliga a escoger indivíduos de entre la gente, a escapar de la masa anónima, a singularizarnos. Es el amor lo que nos diferencia de la hormigas: ellas sólo aman a las hormiga reina. Y en ese sentido, ese amor que nos obliga a ser leones, faisanes y jilgueros, es una fuerza revolucionaria contra nuetra condición de masa. Karl Marx no contaba con estos fenómenos. Tampoco Freud: para él, la gente es producto de su padre y de su madre, y su forma de amar es necesariamente aprendida de ellos. Olvidaba que por encima del padre y de la madre estaba de nuevo la gente, entidad mucho más poderosa que la familia. Y una entidad milagrosamente explosionada en multitud de individuos, gracias al amor.
Donde hay amor, no hay gente. Hay personas.













